Sebastián Álvaro: «El único fracaso en montaña de aventura es no volver a casa»

Normalidad ¿Qué es lo normal? Sebastián Álvaro tiene 67 años, ha hecho más de doscientas expediciones de alta montaña –sesenta y tantas, por encima de los 8.000–, ha realizado trescientos cincuenta documentales y ha creado un programa –“Al filo de lo imposible”–, con doce millones de audiencia a las espaldas: “Hoy, un Barça-Madrid de final de Champions, lo verían, aproximadamente, esa cantidad de personas, y dudo que la unión de las audiencias de todas las teles de España pase de los catorce millones”, asegura. ¿Normal? ¿Qué es lo normal? Se lo pregunto, porque esta mañana, en la Universidad, decía que él no era normal. Y se ríe. A carcajadas.

¿Eres normal?

Bueno…, como te diría… Uno, sea lo que sea, siempre se ve normal; pero…, ¡hombre!, un tipo que, con más de 60, todavía se pasa siete meses fuera de España, se mete en todas las causas justas nobles que puede, y la gran mayoría las pierde, sigue escalando montañas que superan los 6.000 metros, escribe artículos para comunicar su experiencia a los demás o se dedica a hacer un proyecto de ayuda humanitaria…; no creo que la normalidad de la gente lo haga.

Diferenciémoslo de “lo habitual”, ¿quizás mejor?

Sí, puede ser. Pero es la vida que he elegido, con la que me siento a gusto. Y ahora solo me comprometo a este tipo de cosas. Muchas veces pienso que ya estoy en la edad de estas cosas, porque he perdido demasiados amigos para saber que nuestra vida es limitada y finita. Es el momento de echar la vista atrás y responder con sinceridad –puedes engañar a todo el mundo, pero a ti no– si tu vida mereció la pena. Y yo creo que sí. De todos modos, esta pregunta tendría que contestarla mi mujer… y no estoy seguro que dijera lo mismo que yo… [se ríe]. Ya llevamos unos cuantos años juntos y me sigue queriendo. Me quiere mi familia, mi mujer y mi hijo… Yo creo que he sido un hombre afortunado: he tenido muchos amigos, muchos amores, muchos afectos. Me parece que eso importa más que conseguir más dinero, más gloria.

¿Por qué empezaste con estas locas aventuras de montaña?

Porque entonces, en 1981, probablemente era un joven alocado. Juanjo Sebastián, un gran amigo mío, me decía: “Es que eres un aventado, como decía tu madre”…, y “aventado” viene a ser sinónimo de alocado. Trabajaba de muy joven y, al mismo tiempo, hacía montaña. En 1981 tuve la oportunidad de unir las dos cosas que quería hacer. Me invitaron a una expedición en el Himalaya, cámara de cine en ristre, y me fui dando un salto en el vacío. Para entonces yo ya era periodista. Estaba felizmente casado, mi mujer estaba embarazada, tenía un empleo estable trabajando en informativos… Si no fuera por ese salto, posiblemente hoy estaría presentando en un telediario. Pero me ofrecieron la posibilidad y no lo pensé. Sabía que era la oportunidad de mi vida: lo que filmé tuvo muchísimo impacto y aceptación. Aquellos momentos en que los programas de “Al filo” lo veían 12 millones de personas.

Son números que hoy llaman la atención…

Sí, eran las audiencias que tenían entonces TVE1 y TVE2. Desde ese momento me di cuenta de que iba a dedicarme a esto toda la vida. Y hemos hecho 227 expediciones, más de 350 documentales, aproximadamente, para la tele. Generamos una de las mejores marcas de TVE, junto con “El hombre y la tierra” y, al mismo tiempo, fue uno de los programas más vendidos y prestigiosos de la televisión en España, y más premiados… hasta hoy. Piensa que solamente expediciones a ocho miles, hicimos más de 60; cuando en el mundo había solo quince personas que tenían los catorce ocho miles sin oxígeno, cinco eran de “Al filo de lo imposible”.

¿Cuál ha sido el fracaso más rotundo que habéis tenido?

Los peores momentos de mi vida fueron cuando tuve que devolver a las viudas de dos compañeros sus petates, porque se habían quedado en la montaña: Atxo Apellániz, que falleció en el K2, en 1994, y Xabi Iturriaga, que murió en el año 2003 en Guadalupe (Caribe), donde también Ester Sabadell quedó gravemente herida. Fue mala suerte. Accidentes imprevisibles: tanto Atxo, como Xabi estaban muy bien preparados. Pero el caso es que, sin que lo hayas elegido, te ves envuelto en medio de eso, con un compañero muerto a tus pies, con quien hace cinco minutos estabas hablando. Yo creo sinceramente que el único fracaso de montaña de aventura es no volver a casa.

¿Pero, dónde están los límites de la prudencia?

La diferencia entre la imprudencia y la audacia es tan fina que, en realidad, la única diferencia es volver a casa con vida o no. Yo diría que en todas las expediciones hemos sido prudentes; fíjate que por “Al filo” han pasado más de 2.000 personas y, todos esos años, haciendo el programa, murieron “solo” dos personas. Y lo digo entrecomillado, porque ya es mucho y, desde luego, es responsabilidad mía y lo cargo en mi conciencia, sin lugar a dudas. Pero si yo hubiera puesto, no sé…, una empresa de mensajería en Barcelona, o de reparto de comida rápida, probablemente hubiera tenido más siniestralidad que con “Al filo”. Con lo que ello implica.

Además, supongo, habrá que pensar en la utilidad de lo que hacíais.

Sí, y pienso que ha servido para mucho: no solamente para crear un nuevo espacio de aventura y de respeto con la naturaleza, y al mismo tiempo que propicia la cultura del esfuerzo y de los valores –valentía, lealtad, vencer el miedo, enfrentar la adversidad, etc. –; sino que, además, terminó convirtiéndose en el mayor impulsor, en TVE, de expedición de aventuras que ha habido en España, probablemente. Y ha acabado siendo, hoy, un archivo muy bueno de imágenes que se pueden ver en la web de TVE, y corren por Youtube porque los chicos jóvenes las comparte…; y algunos de esos programas han terminado convirtiéndose en programas de culto, de tribus: la tribu de los excavadores, de los alpinistas, de la gente que hace bici de montaña, o esquí, etc. Todo esto dio sentido plenamente a lo que debe ser la TV pública, ¿no?

Lo dices con un deje de añoranza. ¿Crees que ahora la televisión está lejos de lo que hacía antes?

Bueno…; digamos que ha cambiado mucho desde que yo empecé. Probablemente, haya una parte de los cambios propiciados por las nuevas tecnologías.

Pero, ¿se ha perdido este sentido de servicio al público?

En buena medida, pienso que sí. Pero, ¡vete a saber! No sé si es lo que la gente demanda o, al contrario, las costumbres y los gustos son modificados precisamente por los medios de comunicación. Las cosas han cambiado: el programa más visto entonces fue “1, 2, 3…, responda otra vez” con una audiencia de 23 millones de personas. Ahora, la unión de todas las audiencias de todas las teles de España, dudo que pase los 14 millones. ¿Qué ha pasado con el resto? Pues no lo sé, la verdad. La que fue mi casa, en una semana hacía dos obras de teatro, y quince series de documentales; el fin de semana, un programa de debate intelectual profundo, “La clave”… Echo de menos eso. Pero también es verdad que algunos te dirían que esto no lo vería nadie, que ya no son capaces de estar ante la tele más de diez minutos. Sea como sea, pienso que todas las televisiones públicas en España, de todas maneras, deberían hacer un poco de examen de conciencia.

Ahí estuvo. Desde los 16 años en TVE. Hasta 2008: “Entonces tuve que dejar la que fue mi casa durante algo más de 40 años, 30 con ‘Al filo’”. Un expediente de regulación de empleo –un ERE– cerraba la puerta a cerca de 4.000 personas, caras históricas del canal. Sebastián Álvaro, entre ellos.

En 2008 eran tiempos de vacas flacas en TVE. Mucho. Pero Álvaro no se iba a quedar de brazos cruzados: de “Al filo de lo imposible”, “a lo loco”, a trabajar para causas solidarias. Un poco, también, “a lo loco”. “Sigo haciendo expediciones, por supuesto, pero ahora me meto también en proyectos de ayuda humanitaria. Ya había empezado uno en Hushé, al noroeste de Pakistán, para ayudar en la educación, la sanidad y la agricultura de esa población. Y ahora me he implicado en el de ‘Di_capacitados’”: una iniciativa de Janssen que busca concienciar a la sociedad para eliminar el estigma asociado a enfermedades mentales, concretamente la esquizofrenia. A eso estuvo Sebastián en nuestra universidad presentando el documental ¿Y si te dijeran que puedes? Cinco personas esquizofrénicas con un reto: escalar una pared vertical de 500 metros, en el Naranjo de Bulnes (Asturias). Cinco esquizofrénicos protagonistas. Cinco como Russell Crowe en Una mente maravillosa.

Esta mañana, cuando hablabas del documental, decías: “Pensé que estábamos haciendo un favor…”

… y en realidad los que salimos enriquecidos fuimos nosotros. Aprendimos cosas de las que no tenía ni idea: “La enfermedad mental es la gran desconocida”, me dijeron. Ahora, somos más humildes y mucho más conocedores de lo mal que nos portamos la sociedad en general con gente que tiene una enfermedad de estas características.

“Di_capacitados”, como “bi_capacitados”: más capacitados, en realidad

Tienen otras capacidades. No sé si mayores o menores: en algunos casos mayores, en otros menores, pero nada de eso les hace merecedores del estigma de la enfermedad mental. Nada. Lo que tenemos que hacer es incorporarles, buscando una sociedad más justa, más solidaria y amable con todo el mundo. En la sociedad española, tenemos un exceso de crispación: pasamos el día en cosas que realmente son tonterías. Por esto, echo de menos que la gente trabaje por la calidad de vida de los ciudadanos y a eso nos deberíamos dedicar todos. También los poderes públicos.

¿Qué es lo que más te impresionó de la experiencia con ellos?

Un día, en un entrenamiento, Ramón, uno de los que aparece en el proyecto, y yo tratábamos de sobrevolar el volcán Villa Rica, en Chile. Es un volcán activo: dentro del cráter hay lava burbujeando. Y la verdad es que Ramón se equivocó y levantó el parapente, se puso en una racha de viento que lo tiró hacia atrás y le fue arrastrando directo al cráter. Me tiré a por él, le hice un placaje y nos pegó un restregón que nos pusimos como el Ecce Homo. Con la ropa hecha jirones, cortes por todos los lados, sangrando… Emilio, otro del equipo, se nos quedó mirando y diciendo: “¡Estáis locos!”. Y yo pensé: “¿No se suponía que eran ellos los “locos”?” Y llegué a la conclusión de que, en realidad, cuenta mucho la visión del otro, que siempre es diferente: cómo miramos a los demás. Así que el “profeta de la normalidad” no existe realmente. Cada uno de nosotros somos diferentes, con nuestras peculiaridades y locuras…

Impresiona ver, en el documental, la cara de felicidad del equipo al llegar a la cumbre.

Sí, sí. Eso es maravilloso. Haber conseguido algo que pensaban que no conseguirían. Pero se lo curraron. Esa noche lo celebramos con una cena magnífica y, al día siguiente, cuando nos despedíamos, todo el mundo estaba llorando. Porque lo habíamos conseguido. Porque nos servía a nosotros y va a servir a más gente. La montaña es, en el fondo, una metáfora de la vida: te enseña el coste del esfuerzo, del sacrificio. Y ellos lo consiguieron, a pesar de que algunos podrían decir que no son normales…


Ante la Adversidad

“Al filo de lo imposible”: “Yo me inventé el título. Iba a escalar a los Alpes y, al mismo tiempo, veía muchos documentales de montaña, iba a festivales: Francia, Italia, Alemania, Inglaterra…, países con mucha tradición de este género”. Periodista de carrera y enamorado del documental. De los clásicos como LumièreFlaherty o los rusos, y de los actuales. “La unión de mi profesión y mi afición me hizo ver con claridad que yo quería hacer eso: nadie me lo propuso”. Y llegó 1981, primera expedición de “Al filo”. “No fue sencillo: hasta 1987 o 1988, el programa no se consolida, pero es muy difícil mantener un programa 30 años en la parrilla de TVE. Y en 1994 estuvo a punto de desaparecer”.

1994. Año del incidente del K2: Atxo Apellániz perdió la vida. Él y Juanjo San Sebastián estaban descendiendo, el 4 de agosto, y tuvieron que vivaquear. Al día siguiente, les sorprendió una avalancha y Juanjo cayó varios cientos de metros allá de su compañero, de modo que no podía ver qué le había ocurrido. Siguieron descendiendo. Una noche más. Juanjo logró llegar al último campamento, pero sin su compañero, que tuvo que vivaquear otra vez. Desde el campo base consiguieron comunicarse con él, con interferencias. “Guantes” es lo último que dijo. Y Juanjo, agotado también, tomó una decisión heroica: ir a buscarle. “De pronto, como una maravillosa aparición, Juanjo sale de detrás de la rocas y rompo a llorar, exultante, loco de contento. ‘Estamos salvados’, me digo”. Desgraciadamente, Atxo no aguantó y falleció en el campo 2. 10 de agosto de 1994.
“Desde ese momento –comenta Sebastián Álvaro– me pregunté si merecía la pena meter tanto esfuerzo y ver morir amigos tuyos. Pero decidí tirar adelante, que se nos mide por nuestra capacidad de superación de la adversidad: frente a todo y frente a todos, si es necesario”. Y termina: “Creo que, a partir de entonces, hicimos los mejores programas de ‘Al filo’, los que lo consolidaron como uno de los mejores programas de todos los tiempos de la televisión en España”

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