¡Es la historia, estúpido!

Imaginemos por un momento que en China le pasa como al occidente europeo: la ola de inmigración aumenta día a día y el gran país asiático –debería estar abierto al mundo: imaginémoslo, digo– se va convirtiendo en un gran cúmulo de culturas y creencias diferentes: cristianos, musulmanes, ateos, budistas, etc.

Imaginemos, entonces, que un buen día, pasados ​​los años, el gobierno chino decide sacar las imágenes del gran Hotei –el “Buda gordo” o “buda feliz”, imagen conocida por todos–, justificándose que lo hacen para favorecer la integración y para no ofender la sensibilidad de las diferentes culturas existentes, que pueden ser interpeladas por las vistosas carnes de aquel su buda. “–¡No diga tonterías! –Perdone, pero ha empezado usted…”

Lo podíamos leer hoy en la noticia de una escuela que ha decidido cancelar el concierto de Navidad y ya retiró los crucifijos de las aulas, diciendo que así favorecían la integración. Cada año es lo mismo: un grupo de voces que se autodenominan “laicas” –laicistas, en realidad–, dicen que no quieren celebrar la Navidad de siempre, que esto no es laico. Que es más laico celebrar el solsticio de invierno –alrededor del 21 de diciembre–, el día más corto del año en que comienza a hacerse más largo y que esto ya lo celebraban los paganos hace dos mil años: “el nacimiento de la luz”, lo llamaban. Lo dicen y parece que no les importe pasar página a dos mil años de historia europea; y que prefieren celebrar las fiestas religiosas de entonces –¡Eh! Que también lo eran– ya que no les interpelan, no así la de un Niño que molesta, supongo que porque les dice qué está bien y qué no. Incluso en Londres estos neoreligiosos han prohibido el visionado de un anuncio de 58 segundos, previsto para antes de la nueva de Star Wars, que tan sólo anima a rezar –Just Pray–, alegando que “puede enojar u ofender al espectador”. Es curioso, sin embargo, que incluso el ateo proselitista Richard Dawkins haya criticado la medida, diciendo que “si alguien se ofende por algo tan trivial como una oración, merece ser ofendido”. No será que los ofendidos son los mismos autodenominados laicos?

Y, mientras tanto, a la alcaldesa de Barcelona no le importa poner luces en la calle, pero que sean inofensivas. Supongo que por eso ha querido mantener aquellas onomatopeyas tan cutres en la Gran Vía que, como acertadamente describía Monteys en El País el pasado año, es más la “defecación de un texto” que otra cosa. Que ÑAM, ÑAM, ÑAM; XIN, XIN, XIN y GLUP, GLUP, GLUP me hablen de Navidad será sólo por el resopón de la abuela…; ¡ahora! Centrar las fiestas ahí sí que me parece insultante y, sobre todo, ridículo. Quizás sí acabamos como el Hotei a quien me refería al principio. Y MUAC, MUAC, MUAC –debe de ser la parte más sensual: ¡no me hagas reír!–; y DING, DANG, DONG y FUM, FUM, FUM –¡Ostras!, me recuerda un villancico: sin comentarios…

No es sólo cuestión de tradiciones. Es cuestión de historia. Pérez Reverte decía hace poco que “si a un joven no le das historia, la estás dejando huérfano de memoria”. Sí; pero la historia entera: la que nos gusta y la que no. Y si ahora me vienen diciendo que se quieren cargar la religión de las escuelas –de todas–, lo que me están diciendo es que les importa un bledo nuestra memoria –que también es la suya. Y no hace falta ser cristiano para decirlo, sino tener sentido común. Renegando de nuestros valores, ¿dónde fundamentamos las banderas de democracia y libertad que últimamente tanto ondeamos?

A más de uno, quizá le iría bien ver y volver a ver la menospreciada Monument Men para darse cuenta de quién y qué es Europa. Parece mentira que tenga que ser Hollywood quien venga y nos diga: “¡Es la historia, estúpido!”.

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