18 de julio de 2026

La Odisea (2026)

Volver a casa después de la guerra

La historia es conocida. Tras diez años combatiendo en la guerra de Troya, Odiseo —o Ulises, como lo hemos llamado tradicionalmente en castellano— emprende el regreso a Ítaca. Allí lo esperan su esposa, Penélope, y su hijo, Telémaco. Lo que debería ser un viaje relativamente sencillo se convierte, sin embargo, en una travesía interminable: dioses ofendidos, monstruos, naufragios, tentaciones y toda clase de peligros retrasan durante años su vuelta a casa.

Pero La Odisea nunca ha sido solamente una historia de aventuras.

Es, sobre todo, la historia de un regreso. Y regresar no significa únicamente recorrer la distancia que separa Troya de Ítaca. Significa descubrir si todavía es posible volver a ser quien uno era antes de la guerra. O, quizá, aceptar que ya nunca se podrá ser exactamente el mismo.

Ahí es donde Christopher Nolan encuentra su película.

Su adaptación es bastante fiel al poema de Homero, al menos en sus grandes episodios y personajes. Están el caballo de Troya, Polifemo, Circe, las sirenas, Calipso, Atenea, Penélope, Telémaco y los pretendientes que, durante la ausencia del rey, se han instalado en el palacio de Ítaca. Pero Nolan no se conforma con trasladar a imágenes una sucesión de aventuras mitológicas. Le interesa, principalmente, el hombre que regresa de ellas.

Y el hombre que regresa no es necesariamente el mismo que partió.

Odiseo ha ganado la guerra, sí. Ha demostrado su inteligencia, su capacidad estratégica y su habilidad para engañar al enemigo. El caballo de Troya es, de hecho, su gran triunfo. Pero la victoria tiene un precio. Para conquistar la ciudad no solo ha tenido que ser valiente. También ha tenido que mentir, manipular, destruir y provocar la muerte de muchas personas.

La pregunta que recorre la película es, por tanto, incómoda: ¿puede regresar a casa alguien que ha hecho cosas terribles?

No se trata únicamente de si los dioses le permitirán llegar a Ítaca. La cuestión es si él mismo se considera digno de hacerlo.

La culpa después de la victoria

En este sentido, La Odisea guarda una relación muy directa con Oppenheimer. En aquella película, Nolan mostraba a un hombre que había logrado aquello para lo que había trabajado durante años: construir la bomba atómica antes que los nazis. El éxito científico y militar era indiscutible. Pero, una vez alcanzado, Oppenheimer tenía que enfrentarse a las consecuencias de su propia victoria.

Había conseguido lo que quería. El problema era lo que había conseguido.

Algo parecido sucede aquí. Odiseo ha vencido en Troya, pero lleva consigo el peso de esa victoria. La guerra no termina cuando deja de combatirse. Continúa dentro de quienes regresan de ella.

Por eso, aunque exteriormente La Odisea sea la película más épica de Nolan, interiormente es quizá una de las más oscuras. Su protagonista atraviesa mares, islas y mundos fantásticos, pero el verdadero territorio que debe recorrer es el de su propia culpa.

La película habla de la posibilidad de la redención. De si una persona puede ser perdonada después de haber cometido grandes faltas. Y también de algo todavía más difícil: de si esa persona es capaz de aceptar el perdón.

Porque, a veces, no basta con que alguien nos espere. También debemos creernos capaces de volver.

Un Mediterráneo sin luz

Visualmente, Nolan toma una decisión tan arriesgada como coherente. La Odisea de Homero está vinculada inevitablemente al Mediterráneo: al sol, a las islas, a las costas y a ese mar luminoso que forma parte del imaginario clásico. En la película, sin embargo, ese Mediterráneo parece haberse convertido en un océano del norte.

El mar es oscuro, frío y amenazante. El cielo aparece cubierto con frecuencia por grandes nubes. Las costas son abruptas y los paisajes transmiten una sensación de pequeñez y desamparo. Más que navegar por Grecia, a veces parece que Odiseo atraviese los mares de Islandia o Escocia.

No es un error ni una simple concesión al gusto de Nolan por los tonos sombríos. Es una forma de exteriorizar el estado interior del personaje.

El mar que atraviesa Odiseo es también el mar que lleva dentro.

No hay en él la luminosidad de quien vuelve victorioso a casa. Hay cansancio, miedo y la conciencia creciente de que quizá los obstáculos del viaje no procedan únicamente de unos dioses caprichosos. Odiseo ha desafiado a las fuerzas que gobiernan el mundo, pero también ha perdido algo de sí mismo por el camino.

Amar no consiste solo en esperar que regrese la persona que conocimos, sino en estar dispuesto a recibir a aquella en la que se ha convertido

Nolan convierte así el paisaje en una prolongación del protagonista. Las tormentas, los acantilados, la oscuridad y la inmensidad del océano no son solamente escenarios. Expresan su desorientación y la dificultad para reconocerse después de Troya.

En Homero, Poseidón impide que Odiseo regrese porque el héroe ha cegado a su hijo Polifemo. En Nolan, sin desaparecer esa dimensión mítica, el castigo adquiere también una lectura interior. Odiseo no puede volver porque todavía no sabe cómo hacerlo.

Penélope o la razón para continuar

En medio de esa oscuridad está Penélope.

Anne Hathaway interpreta al personaje con una serenidad que contrasta con el caos del viaje. Penélope no es únicamente la esposa fiel que espera durante veinte años el regreso de su marido. Es el hogar. O, mejor dicho, es lo que hace que el hogar continúe existiendo.

Odiseo necesita descubrir que alguien todavía lo espera.

No porque el amor borre automáticamente lo que ha hecho, ni porque Penélope pueda convertirlo de nuevo en el hombre que era antes de marcharse. Lo espera sabiendo que quien vuelva será otro. Y quizá ahí se encuentre una de las ideas más hermosas de la película: amar no consiste solo en esperar que regrese la persona que conocimos, sino en estar dispuesto a recibir a aquella en la que se ha convertido.

Sin ese amor, el viaje no tendría sentido.

Odiseo podría sobrevivir a Polifemo, resistirse a las sirenas y escapar de todas las islas en las que quieren retenerlo. Pero no tendría un motivo real para continuar. Ítaca no es únicamente un territorio. Es la certeza de que existe un lugar en el que uno puede ser acogido a pesar de todo.

La película modifica algunos elementos importantes del tramo final del relato homérico. Conviene no precisar cuáles, porque entraríamos en un terreno que es mejor que cada espectador descubra por sí mismo. Es una decisión comprensible: Nolan necesita llevar la historia hacia su propio tema y completar el arco de redención que ha construido.

Ítaca no es el lugar en el que nada malo ha sucedido. Es el lugar al que uno puede regresar después de que haya sucedido

Sin embargo, no estoy seguro de que el cambio —diría que demasiado hollywoodiense— tenga la misma fuerza que el desenlace de Homero.

El final clásico es más duro, más incómodo y quizá también más coherente con la violencia acumulada durante el viaje. Nolan busca otro tipo de resolución, mucho más psicológica y centrada en la posibilidad del perdón. La idea funciona dentro de su lectura, pero su plasmación dramática no alcanza toda la potencia que prometía.

El tiempo, otra vez

Como era previsible, Nolan tampoco narra la historia de manera totalmente lineal.

La Odisea original ya juega con el tiempo. Homero no comienza con la salida de Troya, sino cuando Odiseo lleva años desaparecido y Telémaco empieza a buscar noticias de su padre. Buena parte de las aventuras son relatadas posteriormente por el propio protagonista.

Nolan encuentra aquí el material perfecto para construir uno de sus habituales rompecabezas temporales.

La película avanza, retrocede, superpone recuerdos y alterna lo que sucede en Ítaca con el viaje de Odiseo. A veces vemos primero las consecuencias y solo más tarde entendemos las causas. Otras veces no sabemos con precisión si estamos ante un recuerdo, una narración o el presente de la historia.

No es algo nuevo en su cine. Memento estaba construida alrededor de una memoria fracturada; Origen mezclaba distintos niveles temporales; Interstellar convertía el tiempo en uno de sus grandes temas; Dunkerque articulaba tres duraciones diferentes; y Oppenheimer entrecruzaba épocas, perspectivas e incluso tratamientos visuales.

A Nolan le gusta el tiempo porque le permite convertir la narración en una experiencia.

Aquí, sin embargo, el mecanismo tarda un poco en encontrar su lugar. Los primeros minutos resultan algo confusos, especialmente para quien no conozca bien la guerra de Troya, la importancia del caballo o la relación entre los diferentes personajes. Nolan da por supuestas algunas cosas y no siempre ofrece al espectador el tiempo necesario para situarse.

Por eso, a la película le cuesta un poco arrancar.

Una vez lo hace, en cambio, el viaje fluye con una energía extraordinaria. Y eso tiene mérito, porque dura casi tres horas. No solo no se hace larga, sino que, durante buena parte de su metraje, transmite una sensación constante de avance. Los episodios se suceden sin parecer una simple colección de pruebas y Nolan encuentra un equilibrio bastante eficaz entre la aventura, el drama, la mitología y algunos momentos cercanos al terror.

Porque esta Odisea también da miedo.

Hay criaturas, imágenes y situaciones realmente inquietantes. Nolan evita, en general, la fantasía luminosa o abiertamente maravillosa. Sus monstruos pertenecen a un mundo físico, sucio y amenazador. Incluso cuando aparecen los dioses, la sensación no es la de estar ante seres bondadosamente superiores, sino ante fuerzas imprevisibles que pueden alterar la vida de los hombres sin necesidad de dar explicaciones.

Espectáculo, en el sentido más noble

La gran puesta en escena es, probablemente, una de las virtudes más evidentes de la película.

Nolan ha rodado cada plano con cámaras IMAX de 70 milímetros, algo que hasta ahora no se había hecho en una película de ficción completa. La decisión no es únicamente una excentricidad técnica. Permite que el paisaje, los barcos, las tormentas y los cuerpos adquieran una dimensión física difícil de reproducir en otros formatos.

Hay imágenes realmente impresionantes.

Los barcos no parecen pequeñas piezas digitales colocadas sobre un mar generado por ordenador. Pesan. Crujen. Se balancean. El agua golpea a los personajes y la cámara transmite la sensación de estar dentro de un mundo peligroso y material.

Nolan vuelve a demostrar que los efectos prácticos, los escenarios reales y la planificación visual pueden ofrecer un espectáculo mucho más convincente que la acumulación indiscriminada de imágenes digitales. Hay efectos visuales, por supuesto, y sería absurdo negarlo en una producción de esta magnitud. Pero rara vez se perciben como el centro de la escena. La tecnología está al servicio de la experiencia, no al revés.

El problema es que en España no podemos ver la película exactamente como fue concebida. No existe ninguna sala que combine la proyección IMAX con la copia fotoquímica de 70 milímetros. Se puede optar por el IMAX láser o por los 70 milímetros convencionales, pero no por el formato completo, con la imagen expandida y la inmersión que buscaba Nolan.

Es una lástima, especialmente en una película como esta.

Aun así, conviene verla en la pantalla más grande posible. No porque el tamaño convierta automáticamente una película en algo mejor, sino porque Nolan construye cada imagen para que el espectador se sienta pequeño ante ella. El mar, las criaturas y los paisajes pierden inevitablemente parte de su fuerza cuando quedan reducidos a una televisión o, peor todavía, a la pantalla de un teléfono.

La Odisea no es solo una película para ver. Es una película que quiere ser atravesada.

Una música antigua y moderna

Algo parecido sucede con la música de Ludwig Göransson.

El compositor, que ya había trabajado con Nolan en Tenet y Oppenheimer, vuelve a ofrecer una banda sonora poderosa, muy presente y construida especialmente a partir de la percusión. Göransson no intenta reproducir de manera arqueológica cómo podría haber sonado la música de la Grecia homérica. Hace algo más interesante: adapta su lenguaje contemporáneo a un mundo antiguo.

La guerra no se termina cuando se deja de combatir. Continúa dentro de quienes regresan de ella

La música tiene una fuerza física.

No se limita a acompañar las imágenes, sino que las impulsa. En algunos momentos marca el ritmo del viaje; en otros, aumenta la sensación de peligro o convierte una aparición en algo casi sobrenatural. La percusión parece surgir de las entrañas de ese mismo mundo oscuro que recorren los personajes.

Como suele ocurrir en el cine de Nolan, la música ocupa mucho espacio y habrá quien la considere excesiva. A veces lo es. Pero también resulta difícil separar algunas de las grandes imágenes de la película de la violencia sonora que las acompaña.

Göransson consigue que la Antigüedad no suene a museo.

Hombres, dioses y pretendientes

Matt Damon ofrece una interpretación sólida de Odiseo. No lo convierte en un héroe clásico, al menos no en el sentido más convencional. Su Odiseo está cansado, endurecido por la guerra y obligado a utilizar constantemente la astucia para sobrevivir. Hay momentos en los que resulta admirable y otros en los que cuesta sentirse cómodo a su lado.

Y debe ser así.

La película no funcionaría si Odiseo fuera presentado como un hombre esencialmente bueno al que le suceden cosas terribles. La fuerza del personaje está en su ambigüedad. Es víctima de los dioses, pero también responsable de muchas de sus desgracias. Desea regresar, pero no siempre se comporta como alguien que merezca hacerlo.

Robert Pattinson destaca especialmente como Antínoo, el principal de los pretendientes. Su personaje es profundamente odioso, y Pattinson consigue que lo sea sin convertirlo en una caricatura. Hay en él una mezcla de arrogancia, cobardía, violencia y seguridad en su propia impunidad que hace que cada aparición resulte desagradable.

Anne Hathaway aporta a Penélope una contenida fuerza dramática. Tom Holland, como Telémaco, cumple bien con un personaje que no tiene la espectacularidad de otros, pero que representa una parte esencial de la historia: el hijo que ha crecido sin conocer realmente a su padre y que debe decidir qué significa ser heredero de alguien convertido ya en leyenda.

También funciona muy bien John Leguizamo como Eumeo, el fiel servidor de Odiseo: un hombre ciego que, sin embargo, parece ver más que cualquiera.

Menos conseguida me parece Atenea.

Zendaya tiene presencia, pero el personaje queda reducido con demasiada frecuencia a una especie de Pepito Grillo de Odiseo. Sabemos que es una diosa porque la historia nos lo dice, pero no siempre sentimos que estemos ante una divinidad. Le falta misterio, autoridad y peso dramático. Su función como protectora y guía resulta comprensible, pero Nolan la presenta más como una conciencia externa del protagonista que como una fuerza sobrenatural capaz de intervenir en el destino de los hombres.

Quizá sea una decisión deliberada, coherente con la voluntad de humanizar el relato. Pero, en ese proceso, la diosa pierde parte de su grandeza.

La posibilidad de regresar

La Odisea es una película muy buena. Visualmente apabullante, narrativamente ambiciosa y llena de ideas. También es imperfecta.

Le cuesta arrancar; algunos personajes no alcanzan todo el peso que deberían y el desenlace de Nolan, aun siendo coherente con su propuesta, tiene menos fuerza que el de Homero. La película quiere abarcar la aventura, el relato de guerra, el drama familiar, la reflexión moral, el terror y el gran espectáculo. No siempre todas esas dimensiones encajan con la misma naturalidad.

Nolan no utiliza a Homero como una simple excusa para filmar barcos, monstruos y batallas. Busca dentro del poema una pregunta profundamente humana: qué sucede cuando alguien vuelve a casa después de haber conocido —y provocado— el horror.

¿Es posible empezar de nuevo?

¿Puede el amor acoger a quien regresa cambiado?

¿Puede un hombre asumir el mal que ha hecho sin quedar definido para siempre por él?

La respuesta de Nolan es esperanzada. El pasado no desaparece y el perdón no convierte lo sucedido en algo irrelevante. Odiseo no puede regresar a Ítaca como si Troya nunca hubiera existido. Pero quizá pueda volver cuando deja de huir de lo ocurrido y acepta que todavía hay alguien dispuesto a recibirlo.

Ítaca no es el lugar en el que nada malo ha sucedido.

Es el lugar al que uno puede regresar después de que haya sucedido.

Y quizá por eso continuamos leyendo La Odisea casi tres mil años después. Porque, aunque no hayamos combatido en Troya ni nos hayamos enfrentado a cíclopes o sirenas, todos sabemos que volver a casa puede ser mucho más difícil que encontrar el camino.

Nota: 8,5/10.

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