26 de junio de 2026

Toy Story 5 (2026)

Cuando a Bonnie le regalan una tableta en forma de rana llamada Lilypad, las cosas se complican para sus juguetes. El nuevo inquilino de la habitación tiene ideas muy disruptivas sobre la amistad y sobre el papel que deben ocupar los juguetes en la vida de una niña. Jessie, cada vez más preocupada por la fascinación que la pantalla ejerce sobre Bonnie, se ve en la necesidad de pedir ayuda a su buen amigo Woody, que sigue dedicándose a rescatar juguetes abandonados. Pero el poder de atracción de Lilypad no resulta nada fácil de vencer.

Al anunciarse Toy Story 4, muchos pensamos: “No hacía falta”. Y, en cierto modo, el tiempo nos dio la razón. Aquella cuarta entrega era una buena película, divertida y con momentos inspirados, pero no añadía demasiado a una saga que ya había alcanzado un cierre perfecto con Toy Story 3. Además, el final —ese Woody que decidía vivir en la calle para ayudar a los juguetes perdidos— resultaba algo extraño.

Con Toy Story 5 ocurre algo parecido. No estamos ante una mala película, ni mucho menos, pero sí ante la más floja de la saga. De alguna manera, con estas dos últimas entregas sucede lo mismo que ocurría con Gladiator II: su principal problema es que existía la anterior.

Aunque la que nos atañe ahora, tiene unos cuantos problemas más.

Por eso, yo sí soy del parecer que deberían haber terminado con la tercera parte. Por más que algunos digan que, sin las otras, no tendríamos algunos de los personajes posteriores. Vale. Pero esto ya no es Toy Story.

Al mando está Andrew Stanton, uno de los grandes nombres de Pixar, director de dos de las mejores películas del estudio, WALL·E y Buscando a Nemo. Y eso se nota en algunas decisiones inteligentes, sobre todo en el modo de abordar el conflicto central. Toy Story 5 no plantea una historia maniquea de buenos —los juguetes— y malos —la tecnología, representada por las tabletas—. Stanton y su equipo tienen el mérito de volver al gran tema clásico de Pixar, la amistad, a partir de un problema muy actual: la adicción que provocan las pantallas, especialmente en los más pequeños, aunque no solo en ellos. La historia evita respuestas fáciles y propone, más bien, una reflexión sobre qué lugar queremos que ocupen los vínculos reales en nuestra vida.

El problema es que, en el plano estrictamente cinematográfico, la película no consigue estar a la altura de esa intuición temática. Digamos que están tan pendientes de plantear esta intuición, que se olvidan que es una película, y no una conferencia sobre humanidad y nuevas tecnologías.

De esta manera, a menudo da la sensación de estar viendo uno de aquellos simpáticos cortos derivados de la saga, pero estirado hasta superar la hora y media. El guion está trabajado, pero tira demasiado de nostalgia y reutiliza algunos de los grandes motivos de las entregas anteriores. El conflicto entre lo nuevo y lo viejo —ahora, tabletas frente a juguetes— recuerda inevitablemente a la llegada de Buzz a la vida de Woody. Y la cuestión de si los juguetes deben seguir perteneciendo a una niña o dejarla crecer remite a la magnífica Toy Story 3, esa sí, una obra maestra.

Es encomiable, en cualquier caso, el esfuerzo de director y guionistas por dar emoción a los personajes, pero el resultado queda bastante por debajo del resto de la saga. La historia está más supeditada a lo que buscan denunciar —la adicción a las pantallas— que a la historia misma y, claro, eso provoca, entre otras cosas, que a la película le cueste arrancar y que algunos conflictos resulten menos orgánicos de lo deseable.

[Sin ir más lejos, es la primera vez que una película de Pixar me ha hecho estar pendiente del reloj…, cuando dura poco más de una hora y media…]

Por otro lado, hay un desplazamiento de protagonismo que no termina de funcionar. Hasta ahora, los niños —Andy, primero; Bonnie, después— formaban parte del mundo de los juguetes, pero no ocupaban realmente el centro dramático de la acción. Aquí, en cambio, el verdadero conflicto gira alrededor de Bonnie. Y cuesta empatizar con ella. Algunas reacciones de sus padres ante una niña caprichosa y absorbida por la tableta suenan algo artificiales, como si la película necesitara subrayar demasiado su tesis.

En paralelo, Jessie gana importancia dentro del plano de los juguetes, pero se echa de menos a los verdaderos protagonistas de la saga: Woody y Buzz. Aquí quedan como simples secundarios, en algunos momentos algo tontorrones, al servicio de la vaquera. Hay alguna broma simpática sobre el paso del tiempo en Woody, en la línea de aquel momento de Toy Story 3 en que llama a Buster y descubrimos que el perro ya está muy viejo, pero no basta para devolverle al personaje toda su importancia.

La película es divertida, por supuesto, pero los gags funcionan de manera irregular. En ocasiones, Pixar parece conformarse con bromas fáciles, especialmente alrededor de Buen Rollito, un juguete a medio camino entre lo antiguo y lo nuevo. Hay hallazgos visuales y momentos cómicos eficaces, pero se echa de menos la inteligencia humorística que tanto ha distinguido a la compañía del flexo.

Sí que conserva, en cambio, una factura técnica extraordinaria. La animación es cada vez más espectacular y roza, en algunos momentos —atención a los primeros minutos, de los que conviene no revelar nada—, un hiperrealismo asombroso. Y la introducción de la animación tradicional, en línea Spider-Man: Un nuevo universo, para mostrar la imaginación de Bonnie, es muy eficaz.

También se reconoce la huella musical de Randy Newman, que mantiene continuidad con las películas anteriores. Pero la canción de Taylor Swift no alcanza la emotividad de «You’ve Got a Friend in Me» ni de «When She Loved Me».

Toy Story 5 sigue siendo una propuesta notable: innecesaria y menos inspirada que sus predecesoras, sí, pero aún muy por encima de la media de la animación familiar actual.

Con todo, ¡yo sí que tengo nostalgia de los buenos momentos de Pixar, en manos de John Lasseter!

Nota : 7/10.

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