War Horse (2011). O cuando el hombre es bueno por naturaleza.

Ésta es la historia de un caballo domado por Albert, hijo de un testarudo y pobre granjero, que después es vendido a un capitán inglés en su camino a la guerra –la Gran Guerra– y de cómo va pasando de mano en mano, ya sea porque es requisado, robado… o sencillamente porque su propietario ha muerto o ha sido asesinado…
Visto así, no hay quien sea. Pero no: hay más. En primer lugar, se trata de una fábula . La película que adapta la novela relatada por el propio caballo, escrita por Michael Porpurgo y que dirige genialmente –no podía ser de otro modo, veniendo del Midas de Hollywood – Steven Spielberg es una fábula que habla de amistad y fidelidad, integridad y valentía. Humanidad, en definitiva . Aquí, los guionistas han decidido no dar voz al caballo –supongo que se agrade–, pero sí cobra un gran protagonismo y es el hilo conductor que nos quita por los distintos bandos del conflicto y los variados campos de batalla.
Así pues, nos encontramos ante una nueva película de guerra de Spielberg, pero sin profundizar en el macabro de la situación . Todo lo contrario. Hay una batalla, en Francia, que recorda un poco al desembarco de Normandía que filmó para Salvar al soldado Ryan (1998), pero esta vez no es tan sanguinaria como ésa. Aquí, el creador de ET prefiere explicar que en una guerra hay muchas personas buenas –en ambos lados, aunque es verdad que carga mucho las tintas en los “futuros nazis”– que superaron por dándose a los demás. Incluso, se permite “el lujo” de ironizar sobre los grandes combates en la gran secuencia del caballo atrapado entre los alambres, en tierra de nadie: cuando es cuestión de ayudar al más necesitado (en este caso, el caballo), no hay enemistades que valgan . De hecho, es el guiño que hace en Feliz Navidad (2005): uno más entre los muchos que hay, como los que hace a John Ford o, incluso, a Lo que el viento se levantó (1939).
¿Estamos ante una obra maestra? No es de las grandes del director de Cincinnati, pero sí es buena, aunque muy larga –demasiado, sobre todo al principio–. La música, de su inseparable John Williams contribuye a hacerla muy épica, pero las aspiraciones generales se quedan cortas. Como ya vimos en Inteligencia Artificial (2001) o Minority Report (2002), a Spielberg le cuesta trascender.
Pero es una fábula. Lo repito de intento. Donde el valor de la amistad cobra mucha fuerza . No por la «amistad» entre el chico Albert y su caballo –al fin y al cabo, la amistad es siempre entre iguales–, sino por las múltiples relaciones que surgen entre todos los personajes . Por eso no hay ni buenos, ni malos: como el caballo va cambiando de manos, también lo hace –digamos– nuestro punto de vista. Los malos, el sueño, porque se han corrompido (o las han corrompido). Es aquí donde Steven Spielberg remarca esta apuesta humanitaria . Aunque la constante exaltación del animal y, tal vez, el demasiado sentimentalismo puedan hacer que cueste mantener el pacto de lectura propio de una fábula. En definitiva: un cuento fantástico de donde puedo sacar muchas y grandes –y buenas– conclusiones .








